La vida humana está poblada de infinitos testimonios de bondad anónima, de actos cotidianos que se convierten fácilmente en olvido, perdidos en el limbo de la memoria.  Hoy queremos dejar constancia de esos destellos que le dan vida a la oscuridad, queremos hacer visible una más de esas Luces entre las Sombras que van a tientas regando amor en tiempos de cuarentena.

Una de esas luces se llama Isabel. Isabel se dedica en cuerpo y alma a la atención del Comedor Comunitario El Maná, que atiende Acción Campesina en Los Teques. Allí, en el comedor de su casa y en cuánto rincón puede habilitar, ella y su grupo de voluntarias, sirven comida y cariño a más de 80 comensales, entre niños, ancianos y madres lactantes.

En estos días de resguardo obligatorio, cuando el Coronavirus llama a la inacción, Isabel se las ingenia para mantenerse activa: “Guardo las debidas recomendaciones de precaución, pero no me paralizo. Sé que hay familias, sobre todo niños que necesitan su comida, porque a veces es la única comida que hacen al día, por eso yo sigo preparando los almuerzos para mis niños.”

Esta mujer, con un corazón más grande que su estatura corporal, un día preguntó a una madre que retiraba su vianda con el alimento, que cómo hacían en su casa para lavar las manos de los niños; a lo que la señora respondió: “hacemos lo que se puede, muchas veces no tenemos ni jabón ni dinero para comprarlo.”

Ese comentario le caló hondo a Isabel. Conoce las deficiencias nutricionales que tienen los niños del comedor, sabe que pueden ser presa fácil del fatal virus. Así que se puso manos a la obra. Compró jabón azul de panela y cortó trocitos que los va distribuyendo cuando van a retirar la comida.

Un acto tan sencillo como este puede marcar la diferencia. Ese humilde gesto de solidaridad y compasión, aún sin tener la conciencia de ello, les devuelve la dignidad de personas a esos pequeños que nuestra sociedad, a veces deshumanizadora, les ha quitado.

Pero esa no es la única luz que enciende Isabel Tesara, también se dedica a recolectar revistas y hojas de papel para reciclar y los reparte entre los beneficiarios del comedor.

“Sí mi amor, para que los niños se entretengan en casa, si tuviera cómo imprimir, les mandaría dibujos para colorear y sopa de letras”, se lamentó.

Tal vez Isabel no pueda darle todo lo que su corazón generoso anhela, sin embargo, estamos seguros que con su acto de solidaridad, más de un niño podrá hacer un avioncito de papel y emprender vuelo hacia sus sueños.

Luces entre las sombras (relato 2)

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